Campamento Postureo

Marcos y Vanesa representan el estereotipo satirizado de un tipo de pareja cada vez más común. Ambos se preocupan únicamente por las apariencias y las redes sociales, incluso el núcleo de la relación es eso mismo, llegando al punto de que únicamente se besan o tienen el mínimo contacto físico para sacarse un selfie y subirlo a redes sociales.

La historia comienza con un anticipo del tono de la película. Vanesa graba videos en una autocaravana para redes sociales, mostrando las vistas del atardecer y mencionando lo bonito que es estar de viaje junto a Marcos, su novio. De pronto, un hombre desconocido irrumpe alterado. Es el dueño del vehículo y quiere saber porque ella se encuentra ahí. Su respuesta: “Somos influencers, tómatelo como una colaboración”. Una frase irónicamente calcada de sucesos vistos en la vida real. Terminan yéndose como si nada y junto a Marcos, continúa haciendo fotos antes de volver a su casa.


Recogen su piso, esconden sus cosas en un armario que cierran con un candado, decoran los muebles y disimulan los desperfectos de su hogar, dejándolo como un museo minimalista. Hacen las maletas e intercambian su alojamiento con otra pareja de inquilinos, quienes resultan ser aún más pijos que ellos mismos.


Con un coche destartalado y tras comprar provisiones para el viaje, comienzan la aventura, con la intención de gastar lo menos posible. Visitan zonas rurales, montes, paisajes de ensueño… Sin parar en ningún momento de fotografiarse.


Visitando una ciudad, encuentran un hombre sin hogar pidiendo dinero para poder comer. Se les ocurre una idea: ayudarle para mostrar lo altruistas que son en un video. Compran un café y mientras Vanesa graba con el móvil, Marcos se lo ofrece. El hombre lo bebe al no poder desaprovechar ninguna ayuda, pero les echa en cara que solo sean generosos si les sirve para ganarse unos likes. Se enfadan desde su supuesta superioridad, pero llega un amigo del hombre sin hogar y los atemoriza.


Echan a correr y justo cuando una mujer está saliendo y antes de que se cierre la puerta, se refugian en unos baños públicos con autolavado. Ambos protagonistas se empapan de la cabeza a los pies por el sistema de autolavado y vuelven a salir, aturdidos. En el exterior, ambos hombres los esperan y se ríen de ellos al verlos, dándoles una lección de humildad.


Aprovechan que están mojados, para mostrar en un parking de autocaravanas cómo secan su ropa. Germinando junto a los videos, la idea de que están viajando en una cómoda autocaravana, nada más lejos de la realidad.


A lo largo de la historia, se muestra una pantalla. En el lateral izquierdo y en formato vertical: los videos que Marcos y Vanesa publican en redes sociales. Por otra parte, en el lado derecho de la pantalla se muestran los comentarios de sus seguidores, el número de likes aumentando poco a poco…


Se detienen en un bar para trabajar en un lugar agradable. Su objetivo: buscar patrocinadores. Marcos crea una lista de tiendas con las que contactar, mientras que Vanesa edita contenido para sus redes sociales. Al terminar, a Vanesa se le ocurre proponerle al camarero ser su primer patrocinador: su idea es que les dé comida gratis a cambio de que ellos hagan una reseña positiva, acto que también recuerda a sucesos de la vida real. Como es obvio, el camarero se enfada y los echa.


En busca de otro sitio tranquilo donde seguir trabajando, llegan a los alrededores de un pantano. Ahí, Vanesa comienza a llamar a todos los contactos de la lista que ha redactado Marcos en el bar. Los pocos que le contestan se desentienden dando largas, pero tras un tedioso y desesperante rato, una vendedora de una pequeña tienda de ropa acepta su oferta. Mientras se lo cuenta a Marcos, este se queda pálido y sale corriendo. Les están robando la comida del maletero del coche. Vanesa lo sigue y llegan, pero no a tiempo.


El coche del ladrón arranca y se vá todavía con el maletero abierto por las prisas y la comida cayendo. Recogen lo poco que queda en el suelo y la vuelven a guardar en el maletero, junto a su maleta decorada por purpurina y la funda de una vieja tienda de campaña.


Como no tienen comida suficiente ni dinero para comprar más, deciden hacer lo mismo de lo que han sido víctimas. Se acercan a un grupo de hippies que los acogen con los brazos abiertos. Se integran en el grupo, festejan y Vanesa se embriaga junto a ellos. Finalmente, Marcos desesperado los enfada en un malentendido y lo arrinconan junto a la orilla del agua. Al mismo tiempo, Vanesa se da cuenta de lo que tenía que hacer. Se levanta, agarra la comida que tenían los hippies y la parrilla de la barbacoa y sale corriendo hacia el coche. Marcos la ve y corre hacia ella. Tras unos segundos de tensa persecución, llegan al coche, arrancan, se les cala, vuelven a arrancar y se van victoriosos pero culpables de la mísma fechoría de la que han sido víctimas.


Para su desgracia, toda la comida es vegetariana, pero es lo único que tienen y no pueden desperdiciarlo. Llegan al monte con la noche ya echada, duermen en una vieja e incómoda tienda de campaña en la que entra el agua de la lluvia.


Al día siguiente, vuelven a la ciudad para ir a la tienda de su primera patrocinadora. Ahí, a cambio de cincuenta míseros euros, se sacan numerosas fotografías con distintos conjuntos de ropa. Finalmente, quedan en volver una vez al mes para hacer lo mismo por el mismo precio. No es mucho pero es lo único que tienen.


Conducen por la carretera de vuelta al monte, pero tras un traqueteo como un quejido metálico, el coche se detiene, averiado. Al no poder hacer nada, deciden hacer autostop. Tras un rato siendo ignorados, un conductor se detiene movido por la curiosidad, pero al ver que quizás le puede tocar esforzarse, decide arrancar y huir, dejándolos tirados.


Finalmente, un grupo de moteros los encuentran, se detienen y les ofrecen ayuda, pero como no tienen dónde ir, Marcos les da los cincuenta euros que han conseguido, para que al día siguiente les lleven una mochila llena de comida.


Esa noche, sin poder dormir, Vanesa descubre en redes sociales que sus inquilinos han montado una fiesta en su propia casa. Lo que supone una ofensa para ellos, ya que logran mayor atención que ellos y en su hogar, toda una puñalada a su ego. Así que decide preparar una aún mayor.


Con el regreso de los moteros, Vanesa les pide ayuda para montar una fiesta inolvidable. Buscan una localización, comida, bebida y todo tipo de suministros para la fiesta. Mientras se aprovisionan, uno de los moteros llama a La Yaya, una anciana que, como los alquileres están prohibitivos y su pensión no le llega para pagarlo, se ve obligada a vender marihuana para sobrevivir. Les aprovisiona de hierba al mismo tiempo que les ofrece rosquillas caseras, en una mezcla impactante entre lo socialmente poco aceptado y la ternura.


La fiesta es un caos narrado desde la perspectiva de Vanesa, quien está transmitiendo en directo desde su teléfono móvil. Muestra cada rincón, cada subgrupo, las bromas, las apariencias en la piscina… hasta llegar al interior del edificio.


Ahí, una joven le dice que grabe, que si se mata se va a hacer viral. Acto seguido, corre y salta de una ventana a la piscina. Cae de planchazo en medio del grupo de gente mejor vestida, quienes están bebiendo cócteles. La chica parece haberse desmayado, pero en lugar de socorrerla, la gente comienza a sacar fotos. Finalmente, tras unos extraños e inquietantes segundos, alza una mano, en señal de que está viva y la fiesta vuelve a estallar en caos.


Marcos aparece, él también está sacando fotos del evento que han organizado. Un grupo los invita a jugar al birrapong. Al principio se muestran reacios, pero tras insistir un poco, aceptan. La imagen se va volviendo difusa hasta quedar en negro, al igual que su consciencia.


Vanesa aparece tirada en el baño, descompuesta, sale y encuentra los restos de la fiesta: suciedad, personas durmiendo la mona en los sofás… Sale al exterior y encuentra a Marcos inconsciente en el suelo, víctima de una de las bromas que gastaron el día anterior.


El motero los encuentra, despierta a Marcos y les pide ayuda para limpiar. Le acompañan, pero de repente el teléfono de Vanesa comienza a sonar. Al otro lado y sin necesidad de acercarse el dispositivo al oído por los fuertes chillidos que está pegando, se halla la vendedora, exigiendo una explicación, indignada por la falta de compostura que han mostrado durante las últimas horas.


Extrañada, Vanesa cuelga. No entiende nada, pero al ver las decenas de notificaciones que tiene, se queda paralizada, desconectada. Marcos agarra el móvil y se queda igual, en shock. Se les ha derrumbado toda la máscara que llevaban años creando, se han filtrado cientos de videos suyos, descompuestos, jugando birrapong, liándola, admitiendo que apenas les llega el dinero para sobrevivir…


El motero los encuentra y se ríe de ellos, diciéndoles que son los reyes de la cutrez. Les pone unas camisetas hechas de bolsas de basura y los lleva al exterior, les obliga a comer, a quemar algunas fotos impresas de las muchas que subieron a redes sociales, a meterse con ropa al río…


Los moteros deciden gastarles una inocentada, pintando su ropa con sprays. Al verlo, ambos protagonistas se enfadan como nunca antes: han estropeado prendas que les costaron mucho dinero. Sin embargo, los moteros lo toman con humor y tras vacilar a Marcos, los obligan a arrojar sus móviles, deshaciéndose de su vida falsa para comenzar de nuevo, pero esta vez sin apariencias impostadas.


Finalmente vuelven al coche averiado, esta vez con un amigo mecánico. Logran arreglarlo, pero se les ocurre algo, en vez de limitarse a que funcione, aprovechan las imperfecciones que tiene el vehículo para engrandecerlas, integrarlas en la decoración, pintar y modificar partes… añadiendo desperfectos pero personalidad e historia. Se separan de los moteros y vuelven a casa, donde tras una pequeña discusión con los inquilinos que ya se están marchando, encuentran que han dejado la casa destrozada y para colmo, les han pagado menos de lo acordado, pero al ser en negro no lo pueden reclamar.


Limpian la casa pero hay un mueble que no tiene arreglo. Meses antes hubieran pensado en comprar uno nuevo de Ikea, pero esta vez deciden construirlo ellos con tablas sacadas de palets. Trabajan duro entre ambos y logran terminarlo. Está lleno de imperfecciones, astillas, clavos torcidos… pero es suyo, parte de su historia, fruto de su esfuerzo.


Justo cuando se van a dar el primer beso real en toda la historia, la cámara se desplaza hasta un espejo, donde se ve que es una película rodada con una cámara de medio-bajo presupuesto, acompañada de una pértiga improvisada con un palo de escoba y un micrófono de treinta euros. La historia termina con una frase dicha en voz en off: “Una peli que habla de las apariencias, no puede acabar sin mostrar que es apariencia”.